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Itzamná IER: caminando hacia el futuro

Por Alejandro Cerda Barroso, Daniela Cervantes Sedano, Mariana López Rodríguez, Fernando Hernández Ramírez, Andrea Amador Pérez, Samuel Rico Cano, Diana Alcántara Olivares, Pedro Ayala Espinosa, Manira Elena Narvaez Saucedo, Julio César Landa López
Mayo, 2026

A partir de nuestra inscripción en el concurso “Mundial CanSat 2026”, organizado por el Programa Espacial Universitario (PEU) de la UNAM, comenzamos a trabajar en el desarrollo de un “satélite enlatado” de dimensiones máximas 10x10x20 cm capaz de tomar y procesar una imagen estereográfica, medir presión, temperatura, velocidad y aceleración mientras es elevado hasta una altura de 400 m sobre el suelo y después soltado en caída libre, momento en el que despliegue un sistema de autogiro (aspas de helicóptero sin motor) para desacelerar el sistema y lograr su aterrizaje lo más cercano posible a la diana de 3x3 m.

Esto implicó un desafío técnico debido a las limitantes de espacio, peso (máx. 420 g incluyendo al tripulante, un huevo de gallina) y el uso exclusivo de baterías de 9 V para la alimentación del sistema. A partir de estas restricciones se formaron subequipos que se encargaron de la investigación y ejecución de propuestas que permitieran cumplir con lo estipulado en la misión: Dani electrónica y diseño de PCBs, Samu y Fer mecánica y diseño en CAD, Mariana logística, Andy difusión, Diana estación terrena, Ale control y programación, Pedro impresión 3D, Manira autogiro, Julio anaglifo.

El proyecto utilizó software libre para su ejecución, como Arduino y Python para la programación, Ardupilot para el control del autogiro y KiCAD para el diseño de las placas de circuitos. Para el trabajo de CAD, CAM y CAE se comenzó utilizando Autodesk Fusion 360, sin embargo, debido a la capacidad de trabajo colaborativo a mediados del proyecto y limitantes de licencias, se migró al software OnShape, mediante la licencia estudiantil. Tanto la manufactura sustractiva como la aditiva se realizaron utilizando equipos de CNC, torno e impresora 3D disponibles en los laboratorios del IER.

El viaje (¿o la caída?) empezó cuando formamos el equipo en diciembre del año pasado. Leímos la convocatoria porque teníamos pocos conocimientos sobre cómo hacer un satélite enlatado pero mucha curiosidad. Este concurso también es un curso porque en Classroom nos subían tareas donde teníamos que llenar una presentación en cada etapa del concurso y que nos iba guiando de cómo hacerlo. En las primeras etapas nos costó aterrizar nuestras muchas ideas a algo realista y práctico, pero las ideas de todo el equipo eran muy innovadoras. El manejo del tiempo también fue un reto: aunque nos queríamos enfocar en armar el satélite, también era importante entregar las presentaciones para continuar participando, y casi siempre lo dejábamos al último.

Sin embargo, como siempre decía Samu: “vamos a pasar”, y se cumplió: llegamos hasta la etapa final, el lanzamiento. Ese día íbamos muy emocionados por aprender de los otros equipos, que venían de México, Colombia, Argentina, Bolivia, Países Bajos, India… Sabíamos que habíamos hecho nuestro mejor esfuerzo, pero nuestro principal objetivo en toda esta misión fue aprender, y lo logramos con creces. Cuando llegamos al estadio de prácticas “Roberto Tapatío Méndez”, en CU, se sentía la expectativa pero también el estrés: algunos equipos estaban armando in situ su satélite, con la presión de que tenían que ir a pesarlo y medirlo para poder entregarlo y ponerlo en la fila de lanzamiento. Otros equipos estaban muy organizados, estaban probando el funcionamiento del satélite y estaban muy preparados. Lo que más nos impresionó fue la diversidad de ideas que se podía ver en todos los satélites: hubo quienes hicieron el autogiro mucho más grande, de plástico, cartón, que se desplegara con servos o soltando una envolvente. Los materiales de las paredes y del amortiguamiento variaban mucho: plástico, papel, espuma… Este evento es único porque reúne a mucha gente para responder a un reto técnico de forma creativa.

Los lanzamientos se hacían enganchando los satélites de dos en dos a un dron, que subía encima de la diana hasta una altura de aproximadamente 300 m. A esta altura se soltaban y a 200 m se tenía que desplegar el autogiro para frenar la caída. Algunos satélites lograban desplegarlo y caían más lento, aunque hubo también muchos casos en los que no se abría o se despegaba del satélite. La caída era la parte más dramática: la mayoría de los satélites se rompían, y también la mayoría de los pasajeros (huevos de gallina) no sobrevivían. Cuando llegó nuestro turno estábamos muy nerviosxs. Nuestro satélite cayó cerca de la diana, pero ¡no sobrevivió el huevo! Aprendimos que podemos usar otros materiales para las paredes y el amortiguamiento y que hay que probar el funcionamiento de todo. Camina hacia el futuro, nos dijimos.

La experiencia de construir algo real para lograr un reto técnico es inigualable. Como equipo nos unimos más en toda esta aventura, y nos entusiasmamos tanto que ahora soñamos con que el IER siga participando los próximos años en este concurso. Quién sabe, tal vez este tipo de satélites puede ayudar a medir la velocidad del viento, detectar incendios forestales o alertar y medir variables de huracanes. Invitamos al estudiantado del IER a inscribirse en la próxima convocatoria, con mucho gusto les pasamos nuestra experiencia y lo que aprendimos para que puedan mejorar. Agradecemos mucho a toda la comunidad del IER, que sin su apoyo esto no habría sido posible.

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